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Entre el 10 y el 14 de septiembre de 2003 tendrá lugar la quinta reunión Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Cancún, México. Allí, los 146 países miembros de la OMC intensificarán las negociaciones para completar el Programa de Doha para el Desarrollo, lanzado durante la cuarta conferencia Ministerial de la OMC en Doha, Qatar, en noviembre de 2001.
Muchas cosas dependen del fracaso o el éxito de esta reunión. Es muchísimo lo que está en juego. Los gobiernos poderosos y sus grupos empresariales están procurando una enorme liberalización de los servicios, la agricultura y los derechos de propiedad intelectual, así como osadas iniciativas nuevas sobre inversiones, competencia y contratación pública. Los líderes de la OMC – la Unión Europea (UE) y Estados Unidos – han fijado para fines de 2004 el plazo final para concluir esta “ronda” de negociaciones. La presión para que los países más pequeños y los gobiernos reticentes firmen el acuerdo en Cancún será intensa.
Dos meses después de Cancún, los días 20 y 21 de noviembre de 2003, se realizará en Miami, Florida, la octava reunión Ministerial de Comercio del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Allí, los 34 países miembros del continente (excepto Cuba) estarán dando lo que esperan serán los últimos retoques a un régimen de libre comercio e inversiones de gran envergadura, que extiende en forma dramática tanto el alcance como el tamaño del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Al igual que con la Ronda de Doha de la OMC, está previsto que los jefes de Estado firmen el ALCA a fines de 2004, y que luego se envíe el acuerdo a la capital de cada nación para su ratificación en 2005.
Entre ambos, estos dos tratados de libre comercio e inversiones consolidarán aun más un régimen global de liberalización, privatización y desregulación, dando al mismo tiempo más control que nunca a las empresas transnacionales. Los gobiernos verán cada vez más limitada su capacidad de prestar servicios públicos a sus ciudadanos, controlar o proteger sus recursos naturales y establecer normas en materia de salud, seguridad y medio ambiente que no sean del agrado de los grandes intereses comerciales.
Para los pueblos del continente, el doble impacto de las nuevas normas de la OMC y el recientemente acuñado ALCA será profundo. El ALCA contendrá lo peor de la OMC, incluidos un acuerdo de servicios de gran alcance basado en el Acuerdo General sobre Comercio de Servicios (ACGS) y las disposiciones sobre inversiones del TLCAN, que permiten a las empresas demandar directamente a los gobiernos a través de tribunales comerciales jurídicamente vinculantes o de acatamiento obligatorio. La combinación de estos dos poderes en un solo acuerdo dará nuevos derechos inigualados a las empresas transnacionales del continente para competir con todos y cualquiera de los servicios públicos gubernamentales e incluso impugnarlos, entre ellos los servicios de salud, educación, seguridad social, cultura y agua. Además, la inclusión en el ALCA del Acuerdo sobre la Agricultura (AoA) y los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) de la OMC podría tener importantes consecuencias para las regiones rurales de América Latina ricas en biodiversidad.
Ambos acuerdos contienen nuevas disposiciones sobre política de competencia, contratación pública, acceso a los mercados e inversiones que podrían quitar a todos los gobiernos de las Américas la capacidad de establecer o mantener leyes, normas y reglamentación para proteger la salud, seguridad y bienestar de sus ciudadanos y del medio ambiente que comparten. Y tal como están hoy redactados, ninguno de los acuerdos contiene salvaguardias para proteger a los trabajadores, los derechos humanos, la seguridad social ni las normas sanitarias o ambientales. Es fundamental que los pueblos de las Américas se enteren de qué es la OMC y también qué es el - más familiar- ALCA. Derrotar al ALCA sólo para ser gobernados por la OMC sería verdaderamente una victoria pírrica.
Los pueblos que viven en Asia, África y Europa sentirán también el impacto de estos dos acuerdos. Cualesquiera sean los “avances” de los negociadores comerciales en los acuerdos regionales como el TLCAN, los mismos terminarán encontrándose en la OMC. De hecho, las disposiciones sobre las relaciones inversionista-Estado del TLCAN que permiten a las empresas demandar a los gobiernos fueron el modelo para el fallido Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI). Si los grupos de presión empresarial corporativa que respaldan estas normas sobre inversiones tienen éxito y estas se incluyen en el ALCA a pesar de una fuerte resistencia en América Latina, ganarán nuevos ímpetus para volver a intentar un AMI completo en la OMC. Por eso es crucial que los pueblos de los otros continentes aprendan cómo funciona por dentro el acuerdo sobre comercio e inversiones más ambicioso del planeta.
Todo esto ocurre en un momento político importante. Con George W. Bush, Estados Unidos rechazó el estado internacional de derecho y se autoproclamó unilateralmente como árbitro del bien y el mal en el mundo. Los Estados-nación, las culturas y las sociedades que no se ajusten a la interpretación de “democracia libre” del gobierno de EEUU son por definición enemigos potenciales de EEUU y sus intereses. Los acuerdos comerciales como los dos que se están negociando ahora son una extensión de la política exterior de EEUU; todo país que cuestione los preceptos básicos de estos acuerdos es sospechoso en otros planos. Durante la última Ministerial de la OMC en Qatar, que tuvo lugar apenas unos meses después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el representante de Comercio de EEUU, Robert Zoellick, dejó en claro a los países miembros que su gobierno juzgaría la lealtad de sus amigos en el frente antiterrorista según su lealtad en el frente comercial. Estas conversaciones se verán dominadas más que nunca por los intereses de la única superpotencia del mundo.
Además, es muy posible que este gobierno de EEUU tenga buena memoria respecto a quién fue amigo y quién enemigo en la guerra contra Irak. Los líderes empresariales estadounidenses, prácticos como siempre, no van a querer trastornar las relaciones comerciales con los países que no apoyaron la guerra, pero es poco probable que el gobierno de Bush se ocupe de las necesidades comerciales de socios como Canadá, Alemania y México. El tono político de estas negociaciones estará dado tanto por los intereses de seguridad estadounidenses como por los intereses comerciales estadounidenses.
Pero hay esperanzas. Hay divisiones profundas entre los países del tercer y el primer mundo en relación con los contenidos de estos acuerdos. Es poco probable que las naciones pobres permitan que las avasallen como ocurrió en Doha. Además, ha habido un cambio significativo en la política de América Latina. Varios países han elegido gobiernos de izquierda que probablemente rechacen elementos importantes tanto del ALCA como de la OMC, si se mantienen firmes y la presión pública no ceja. Muchos países de América Central y del Sur, devastados por años de políticas neoliberales, están siguiendo la línea dura contra más privatizaciones de sus recursos y servicios sociales.
Además, un robusto movimiento internacional y continental por la justicia social ha echado raíz, con redes como Nuestro Mundo No Está en Venta (OWINFS, por su sigla en inglés), la Red del Tercer Mundo, Focus on the Global South y la Alianza Social Continental que proponen análisis críticos y alternativas de comercio justo de gran alcance. En todo el mundo hay grupos observando de cerca a sus gobiernos; ellos constituirán una oposición ciudadana en Cancún y en Miami y llevarán al mundo su mensaje. Esperamos que este manual básico de comercio les dará un arma, la información vital que necesitan en el camino hacia Cancún y Miami.
La “Insantísima Trinidad” de América Latina
Para los pueblos de América Latina, la OMC y el ALCA ciertamente no son los primeros agentes del neoliberalismo.
Durante los últimos 25 años, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han sido los principales agentes para abrir los mercados en la mayoría de los países latinoamericanos. Como condición para la refinanciación de la deuda, los gobiernos han sido inducidos a adoptar programas de ajuste estructural diseñados para abrir los mercados a las empresas transnacionales, reorientar sus economías a la exportación, recortar drásticamente el gasto público y pagar sus deudas en moneda extranjera. Además, este fue también el período en que gran parte de América Latina estaba regida por estados de seguridad nacional. Dicho de otro modo, muchas de estas “reformas” sociales y económicas del neoliberalismo fueron impuestas y hechas cumplir por dictaduras militares.
Ahora el ALCA y la OMC están por completar este triángulo. Además de la esclavitud de la deuda y de las dictaduras militares, el neoliberalismo está siendo impuesto por los nuevos regímenes comerciales. Tomados juntos, estos tres regímenes - la deuda, el militarismo y el comercio- constituyen una “insantísima trinidad” para la enorme mayoría de los latinoamericanos. Después de todo, estas fuerzas han causado sufrimiento humano indescriptible, especialmente a la mayoría empobrecida, sin hablar de la destrucción del medio ambiente en sí, durante el último cuarto de siglo. Hoy, esta “insantísima trinidad” se cierne sobre el futuro de América Latina, planteando una triple amenaza tanto a las personas como a la naturaleza.
Nuestro enfoque en el doble régimen comercial de la OMC y el ALCA en este folleto debe ser visto, entonces, en el contexto de la deuda y el militarismo como las fuerzas dominantes que han modelado gran parte de la vida y la sociedad contemporáneas de América Latina.